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MI CLÍNICA

La clínica con niños

La infancia constituye un periodo fundamental en la construcción de la realidad psíquica. Durante los primeros años de vida, el niño va dando sentido a aquello que sucede tanto dentro como fuera de sí mismo, descubriendo quién es y desarrollando sus primeras respuestas ante los retos que le plantea la vida.

En ese recorrido tendrá que enfrentarse a experiencias de pérdida, cambios o conflictos para las que todavía no dispone de los recursos necesarios para elaborarlas o expresarlas, pero que, precisamente por ello, pueden adquirir una especial intensidad: crecer implica inevitablemente encontrarse con situaciones que exceden la capacidad del niño para entenderlas y que dejan su poso de angustia.

Cuando algo resulta difícil de expresar, el malestar aparece a través del comportamiento, del cuerpo o de complicaciones en el funcionamiento cotidiano: los miedos, las rabietas, las inhibiciones, los problemas escolares, las dificultades con la comida o el sueño, el aislamiento, la agresividad o determinadas conductas repetitivas pueden constituir distintas maneras de mostrar que algo no está pudiendo resolverse por otras vías.

El juego como forma de decir

En la infancia, la palabra convive con otras formas de expresión. Jugar no es únicamente una manera de contar lo que ocurre, también permite ensayar posibilidades, transformar a través de la ficción aquello que preocupa y encontrar soluciones nuevas. En lo que el niño juega, dibuja, construye o inventa se pone en juego algo íntimo de aquello que todavía no ha podido resolver y que encuentra en estas formas de expresión una vía para intentar hacerlo. Así, pueden repetirse escenas, personajes y situaciones que permiten acercarse a su manera particular de vivir lo que le sucede.

El juego adquiere así un lugar privilegiado en el tratamiento, convirtiéndose en una experiencia en la que el niño puede ir haciendo algo diferente con aquello que le inquieta. Lo que el niño despliega en el juego durante las sesiones se convierte en material de trabajo: la lectura que el terapeuta hace de lo que allí se pone en juego orienta sus intervenciones, a través de las cuales puede introducir alguna diferencia en aquello que tiende a repetirse y que después se trasladará a la vida real.

El niño en el centro

Aunque habitualmente son los padres quienes solicitan ayuda para su hijo o hija, es el niño quien ha de ocupar el centro de su tratamiento. Que dependa de los adultos para su cuidado no significa que carezca de una idea propia sobre las razones por las que se encuentra en consulta ni sobre aquello que le preocupa o le hace sufrir. Por ello, se le reconoce como sujeto y se escucha su voz, entendiendo que tiene algo importante que aportar sobre lo que le concierne.

«Un niño es siempre mucho más que “el que se porta mal”, “la que tiene miedo”, “el que no aprende” o cualquier etiqueta diagnóstica que haya podido recibir.»

El niño llega a consulta porque algún adulto ha advertido que algo no va bien, pero necesitará encontrar sus propias razones para hacer suyo ese espacio, algo que se irá creando con el adecuado proceder del terapeuta. Tomar al niño en serio implica también no reducirlo al motivo por el que se consulta: un niño es siempre mucho más que “el que se porta mal”, “la que tiene miedo”, “el que no aprende” o cualquier etiqueta diagnóstica que haya podido recibir.

El lugar de los padres

Los padres tienen también un lugar fundamental a lo largo del proceso. Llegan al consultorio angustiados por una situación que no terminan de comprender y necesitan disponer de un espacio en el que explicar lo que está ocurriendo, plantear sus dudas y ser acompañados en las dificultades que atraviesan con su hijo. Su participación permite conocer mejor el mundo que rodea al niño, cómo lo vive y qué situaciones le afectan especialmente en el día a día.