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Comprender el malestar

La angustia

La angustia tiene algo desconcertante. A diferencia del miedo, que suele permitirnos identificar el objeto temido, la angustia puede presentarse sin un rostro reconocible. Nos invade, nos inquieta y muchas veces nos deja sin palabras para explicar exactamente qué nos está ocurriendo.

Pero que no sepamos a qué responde no significa que no responda a nada.

Esta es una de las particularidades de la angustia. Puede parecernos un afecto difuso, sin objeto ni dirección. Sin embargo, para el psicoanálisis, la angustia responde a algo que nos concierne, aunque ese algo no se presente de una forma que podamos reconocer o nombrar.

Cuando la angustia toma el cuerpo

La angustia se hace sentir en el cuerpo, a veces incluso antes de que podamos situar qué nos está ocurriendo: ahogo, opresión, mareo, palpitaciones, temblor, un nudo en el estómago o en la garganta, agitación, bloqueo, una sensación difícil de localizar. El cuerpo parece hablar allí donde todavía no encontramos palabras.

Otras veces, cuando la angustia alcanza una intensidad difícil de soportar, puede encontrar una salida en conductas impulsivas o compulsivas. Aparece entonces una urgencia por hacer algo: escapar, comprobar una y otra vez, comer, comprar, beber o consumir determinadas sustancias. No siempre sabemos por qué hacemos precisamente eso ni por qué resulta tan difícil dejar de hacerlo. Pero estas acciones pueden aliviar momentáneamente aquello que se había vuelto difícil de soportar.

Adquieren así una función muy concreta: hacer algo con ese empuje de la angustia que se impone en el cuerpo y deja a quien lo experimenta perplejo.

Cuando perdemos nuestras coordenadas

Para movernos por la vida necesitamos ciertas referencias que nos permitan orientarnos. Vamos elaborando respuestas acerca de quiénes somos, qué se espera de nosotros, qué podemos esperar de quienes nos rodean, qué lugar ocupamos en los contextos en los que nos desenvolvemos y qué nos gustaría encontrar en ellos.

Pero esas coordenadas que nos han permitido orientarnos hasta entonces pueden vacilar y hacernos perder el equilibrio.

Una separación, una pérdida, enamorarse, convertirse en madre o padre, crecer, enfermar, cambiar de trabajo, incluso cuando se trata de un ascenso, mudarse o alcanzar algo que llevábamos mucho tiempo persiguiendo pueden desestabilizar el lugar que hasta entonces ocupábamos en el mundo.

No hace falta que ocurra una catástrofe. A veces basta un gesto, una palabra, un silencio o una mirada del otro para trastocar las respuestas con las que hasta entonces habíamos podido sostener ese entramado.

La angustia puede emerger precisamente ahí.

La angustia señala entonces un punto en el que nuestras coordenadas habituales ya no bastan.

El cuerpo parece hablar allí donde todavía no encontramos palabras.

Un afecto que no engaña

Para quien la padece, la angustia puede sentirse como un monstruo sin nombre ni figura. Desorienta precisamente porque sabemos que algo ocurre, pero no conseguimos darle una forma clara.

En el curso del tratamiento, sin embargo, esa misma angustia puede constituir un faro decisivo para orientar la escucha y la dirección de la cura. Se trata entonces de ir localizando cuándo aparece, ante qué situaciones se intensifica, qué relaciones la precipitan, qué pensamientos la acompañan, qué respuestas provoca o qué lugar ocupa en la vida de quien la experimenta.

A medida que esas conexiones empiezan a trazarse, se va tejiendo una red alrededor de aquello que inicialmente se presentaba de manera desconcertante. Aquello que parecía difuso empieza así a adquirir contornos, a encontrar un borde allí donde antes faltaban palabras y comprensión.

La angustia como señal de que estamos vivos

La angustia forma parte inevitable de una vida en la que deseamos, elegimos, perdemos, nos vinculamos y nos exponemos a aquello que no podemos controlar. Puede llegar a ser uno de los afectos más difíciles de soportar, pero también señala que algo nos toca profundamente.

Cuando la angustia desborda, es necesario encontrar formas de limitar aquello que se ha vuelto insoportable. Es importante poder circunscribirla, ligarla a la historia y a las marcas de cada persona, y escuchar qué señala allí donde algo de la manera en que el paciente se sostenía hasta entonces ha dejado de funcionar.

En ese recorrido, aquello que antes irrumpía abruptamente puede ir perdiendo su fuerza y dejar de tomar el cuerpo con la misma intensidad para que la vida pueda volver a desplegarse.