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MI CLÍNICA

La clínica de adolescentes y jóvenes

La adolescencia es mucho más que una etapa de transición entre la infancia y la edad adulta. Es un tiempo decisivo en el que se condensa una vorágine de cambios no siempre fáciles de procesar: el cuerpo se transforma, las identificaciones de la infancia son rechazadas y aquello que hasta entonces resultaba conocido y seguro deja de ser suficiente. El adolescente emprende la búsqueda de un lugar propio más allá del territorio familiar, mientras ensaya nuevas formas de ser, de vincularse con los demás y de orientarse en el mundo.

En ese tránsito, los amigos, las parejas, la música, la estética, ciertos referentes culturales o las comunidades digitales pasan a ocupar un lugar central en la vida del joven. Aparecen nuevos círculos sociales, las primeras relaciones amorosas cobran especial relevancia y se empiezan a tomar decisiones importantes sobre los estudios, el trabajo y el futuro.

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Los riesgos de crecer

Todo este movimiento es necesario y forma parte del crecimiento, pero también entraña sus propios riesgos. El grupo de iguales puede ser un lugar de pertenencia y descubrimiento, pero también de rechazo y exclusión. El acoso, las humillaciones, la dificultad para encontrar un lugar entre los semejantes, las primeras relaciones sentimentales dañinas o la exposición en las redes pueden convertirse en fuentes de sufrimiento en un momento en el que la mirada y la aceptación de los demás son una pieza fundamental en la constitución de la identidad.

La estructuración psíquica y los recursos adquiridos durante la infancia para afrontar estas dificultades se ponen a prueba. Algunas de las soluciones que hasta entonces habían servido dejan de hacerlo: el joven se ve empujado a encontrar nuevas respuestas ante una realidad que ya no le plantea las mismas preguntas.

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Un cuerpo que cambia

El cuerpo ocupa un lugar central en este tiempo: se transforma y obliga al adolescente a encontrar una nueva manera de convivir con él. En ocasiones, puede sentirse extraño, excesivo o difícil de gobernar. La sexualidad irrumpe con intensidad y, con ella, también la vergüenza, la comparación y la preocupación por cómo se es visto. Un cuerpo que antes simplemente era usado para vivir puede convertirse ahora en fuente de preocupación y despertar la necesidad de ocultarlo o modificarlo.

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Cuando el malestar se convierte en acto

En estas edades, no es extraño que el malestar encuentre su expresión más visible en los actos impulsivos: autolesiones, consumo, atracones o restricciones alimentarias, peleas, conductas sexuales de riesgo, explosiones de ira, aislamiento extremo, abandono escolar, comportamientos compulsivos o intentos de suicidio. Cuando lo que se está sintiendo no encuentra palabras ni otra manera de tramitarse, el acto puede ocupar el lugar de lo que no puede decirse: algo se hace de manera automática, una y otra vez, allí donde no está siendo posible encontrar una salida a través del lenguaje.

Una parte importante del tratamiento consiste en ir articulando ese espacio intermedio, para que aquello que le ocurre al joven o adolescente pueda tomar otra forma antes de convertirse en acto y aparezcan nuevas posibilidades de respuesta, menos traumáticas.

«El mismo síntoma no significa lo mismo en dos personas distintas, aunque desde fuera pueda observarse una conducta idéntica.»

El mismo síntoma no significa lo mismo en dos personas distintas, aunque desde fuera pueda observarse una conducta idéntica. Por eso, no se trata únicamente de hacer desaparecer aquello que preocupa, sino de comprender qué lugar ocupa y qué función está cumpliendo en la vida psíquica del joven. Trabajar sobre lo que sostiene el síntoma permite abordar el malestar de fondo, evitando que reaparezca con otra forma o se desplace a otros ámbitos de la vida en la edad adulta.

Si tú o alguien cercano estáis pensando en haceros daño, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita y atiende las 24 horas. En caso de urgencia, llama al 112.

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Encontrar un lugar propio

A lo largo del tratamiento, el adolescente o el joven encuentra una manera propia de diferenciarse de sus padres, de su cuerpo infantil y de ciertos lugares e identificaciones que ya no le sirven, sin tener por ello que renunciar a todo aquello que la infancia le dejó en herencia. Esta elaboración permite que la crítica y el rechazo dejen de ser absolutos, que puedan repararse vínculos que quedaron deteriorados y que, con el paso del tiempo, el joven encuentre la manera satisfactoria de ser hijo de sus padres y de inscribirse en el lazo social.