Comprender el malestar
La inhibición
A veces necesitamos sostener ante los demás una determinada imagen de nosotros mismos. No se trata simplemente de querer hacer las cosas bien, sino de sentir que estamos a la altura de aquello que creemos que deberíamos ser: suficientemente capaces, seguros, atractivos, inteligentes, interesantes o valiosos.
Una imagen difícil de sostener
La dificultad aparece cuando la necesidad de preservar esa imagen empieza a condicionar aquello que hacemos y dejamos de hacer. Nos movemos entonces en una tensión difícil de sostener. Por un lado, aspiramos a esa versión ideal de nosotros mismos. Por otro, tememos las situaciones que podrían ponerla a prueba. Porque exponerse también implica arriesgarse a descubrir que quizá no somos exactamente aquello que querríamos ser.
Y eso puede ser difícil de soportar.
Equivocarse, ser rechazado, no destacar, no saber qué decir, decepcionar a alguien o comprobar que nuestras capacidades tienen límites puede producir algo más que frustración. Puede hacernos sentir vulnerables precisamente allí donde buscábamos sentirnos capaces y seguros, y hacer vacilar la imagen que hasta entonces nos sostenía.
Ante ese riesgo, una salida posible es no exponerse:
No presentarse todavía. No preguntar. No iniciar aquello que deseamos. No mostrar demasiado. No aceptar determinadas oportunidades. Evitar situaciones en las que podríamos sentirnos torpes, inseguros o insuficientes. Esperar.
Pero, ¿esperar a qué?
Una protección que tiene un precio
La inhibición puede funcionar así como una forma de protección. Si no ponemos algo verdaderamente en juego, también reducimos la posibilidad de enfrentarnos al fracaso, al rechazo o a nuestros propios límites.
A primera vista, puede parecer una buena solución. Pero esa protección tiene un precio, y a veces es demasiado alto.
Quienes más se resguardan del riesgo de fallar son, en ocasiones, quienes sostienen con mayor intensidad una imagen ideal de lo que podrían llegar a ser. Mientras esa posibilidad permanezca en la imaginación, puede conservarse intacta. Ahí no tiene que enfrentarse a las fricciones, las contradicciones y los imprevistos de la realidad.
De este modo puede mantenerse durante años la fantasía de otra vida posible: cuando termine esta formación podré ser un buen profesional, cuando tenga más experiencia daré el paso que siempre he soñado, cuando adelgace podré relacionarme de otra manera con una pareja, cuando tenga un trabajo estable podré tomar mis propias decisiones, cuando desaparezca mi ansiedad podré hacer todo aquello que ahora no me permito…
Parece que siempre falta algo para autorizarnos a vivir como queremos.
El problema es que ningún logro garantiza definitivamente esa sensación de estar preparados. Una vez alcanzada una condición, aparece otra. Y después otra. Porque el título, el cuerpo, el dinero, la experiencia o la seguridad no pueden ofrecernos la garantía que esperábamos encontrar en ellos.
Lo difícil es aceptar que no existe una condición previa capaz de garantizarnos que todo saldrá bien.
Actuar sin garantías
Mientras algo permanece en la fantasía, todavía podemos imaginar cómo será. Podemos anticipar lo que diremos, quiénes seremos entonces o cómo responderán los demás. Podemos incluso construir una versión perfecta de aquello que algún día haremos.
El acto rompe la posibilidad de mantener intacta esa versión ideal.
Elegir, hablar, acercarse a alguien, separarse, presentarse a una oportunidad, cambiar de trabajo, mostrar lo que uno hace o defender una posición, supone abandonar el terreno protegido de lo posible para entrar en el de aquello que efectivamente sucede. Y una vez allí ya no controlamos completamente el resultado.
Por eso, el paso de la fantasía al acto produce angustia.
No necesariamente porque estemos tomando una decisión equivocada, sino porque actuar sobre aquello que realmente nos concierne nos obliga a dejar atrás alguna de nuestras seguridades. Ya no podemos saber de antemano cómo responderán los demás, qué lugar ocuparemos para ellos, si estaremos a la altura de lo que se espera de nosotros o qué consecuencias tendrá nuestra decisión.
Hay algo que solo puede saberse a posteriori.
Actuar implica asumir ese margen de riesgo que ninguna preparación previa puede hacer desaparecer por completo. Y quizá sea esto lo que hace tan tentador permanecer en la espera. Mientras no actuamos podemos seguir imaginando aquello que podríamos llegar a ser sin enfrentarnos todavía a lo que ocurre cuando lo ponemos a prueba.
Esperar a que toda incertidumbre desaparezca puede llevarnos a no arriesgarnos nunca. Y ahí se cierra la trampa de la inhibición: aquello que construimos para protegernos del fracaso termina empobreciendo nuestra vida.
Sin apenas advertirlo, nuestra vida va tomando la forma de la renuncia.
Cuando protegernos empieza a limitarnos
Las inhibiciones no siempre se presentan como un problema evidente. Pueden confundirse con pereza, falta de iniciativa o desinterés, pero también adoptar formas que parecen perfectamente razonables: prudencia, perfeccionismo, preparación constante, necesidad de control, timidez, exigencia, postergación o esa sensación recurrente de que “todavía no es el momento”.
No siempre se trata de no querer hacer algo. A veces, precisamente aquello que más deseamos es también aquello ante lo que más podemos inhibirnos.
Precisamente por eso pueden pasar inadvertidas.
Algunos síntomas irrumpen, molestan y nos obligan a preguntarnos qué está ocurriendo. La inhibición, sin embargo, procede de otra manera: se instala silenciosamente hasta confundirse con una manera de ser. Lo que empezó restringiendo el terreno de lo que nos permitíamos hacer acaba formando parte de la explicación que nos damos acerca de quiénes somos: yo soy así, siempre he sido muy prudente, necesito estar seguro antes de hacer las cosas, simplemente soy muy perfeccionista…
Poco a poco dejamos de hacer determinadas cosas. Reducimos los lugares en los que nos exponemos. Renunciamos anticipadamente a ciertas posibilidades. Sin apenas advertirlo, nuestra vida va tomando la forma de la renuncia.
Y ahí reside una de las dificultades de la inhibición. No siempre advertimos lo que vamos dejando fuera. Cada renuncia puede parecer pequeña, razonable o incluso irrelevante. Es su acumulación silenciosa la que, con el tiempo, va reduciendo nuestro horizonte de posibilidades.
Lo que comenzó como una forma de protegernos del dolor puede terminar convirtiéndose en el obstáculo que nos mantiene lejos de todo lo que deseamos.
Por eso el trabajo terapéutico no consiste simplemente en empujar al paciente a “atreverse”, ni en convencerlo de que debe tener más confianza en sí mismo. Si una inhibición persiste es porque algo sostiene y preserva, incluso cuando al mismo tiempo limita. La cuestión es más compleja que vencer un miedo o reunir el valor suficiente para hacer aquello que hasta ahora no hemos hecho.
Se trata de localizar y circunscribir aquello que nos mantiene detenidos, y abrir la posibilidad de una respuesta propia, construida desde un lugar distinto al que hizo necesaria la inhibición. Porque hay decisiones que no pueden tomarse desde la certeza. Implican asumir un riesgo, atravesar algo de la angustia y aceptar que, para vivir, también hay que arriesgar la imagen ideal que intentábamos mantener intacta.
Ese movimiento requiere que algo pueda transformarse más allá de la voluntad o del propósito consciente, de modo que podamos afrontar de otra manera aquello que hasta entonces solo podíamos aplazar indefinidamente.
Comprender el malestar