Comprender el malestar
El deseo
La ética del psicoanálisis no consiste en ofrecerle a una persona un manual sobre cómo debería conducir su vida, porque no existe una fórmula universal del buen vivir ni nadie puede ocupar el lugar de quien sabe qué es lo mejor para otro. Consiste en crear las condiciones para que pueda reconocer la lógica que se juega en sus elecciones inconscientes, advertir qué determinaciones han marcado su recorrido vital y encontrar una posición más propia respecto de su deseo.
La falta como motor
El deseo es uno de los conceptos más complejos del psicoanálisis y, sin embargo, parte de una experiencia profundamente cotidiana: no siempre sabemos qué queremos. Podemos saber perfectamente qué se espera de nosotros, qué deberíamos hacer, qué sería razonable elegir o incluso qué creemos querer y, aun así, sentir que todo eso no termina de tocarnos verdaderamente y nos deja una insatisfacción difícil de describir.
Deseamos porque no estamos completos y ningún objeto puede remediarlo: eso que nos falta no es algo accidental, sino estructural. Lejos de tratarse de una carencia que haya que eliminar, es un vacío necesario para descentrarnos de nosotros mismos e ir al encuentro del mundo: nos permite enamorarnos, crear, investigar, escribir, cocinar, compartir con las amistades, inventar proyectos, pintar, tocar una pieza musical, desarrollar el sentido del humor o apasionarnos por algo aparentemente inútil.
El deseo no se reduce al capricho de querer una cosa concreta ni se presenta de una forma clara y definitiva. Se insinúa en elecciones, intereses o pequeños detalles cuyo valor puede resultar incomprensible para cualquier otra persona. Se desplaza de un objeto a otro y encuentra en ese recorrido la manera de mantenerse vivo. Por eso puede seguir siendo causa de nuevos movimientos, búsquedas y encuentros, sin agotarse en ninguno de ellos:
“La peor condena no es el hambre, sino la saciedad: una vida sin hambre de sentido, de encuentros auténticos o de propósitos es una vida sin horizonte más allá de uno mismo”.
Sin embargo, vivimos rodeados de discursos que nos empujan a buscar siempre algo más: tener más, conseguir más, experimentar más, convertirnos en una versión cada vez más perfecta de nosotros mismos. El psicoanálisis introduce una lógica diferente: no todo vacío necesita ser llenado. También es posible servirse de él y hacer de ese espacio una apertura hacia algo nuevo.
¿Por qué nada parece suficiente?
Porque lo verdaderamente importante nunca estuvo en encontrar un objeto o una persona capaz de colmarnos, sino en conservar la capacidad de dejarnos afectar y ligar nuestra libido a vínculos, intereses, proyectos e ilusiones.
La condición humana no cuenta con una programación instintiva cerrada que determine de antemano sus modos de satisfacción: la entrada en el lenguaje introduce un extravío respecto de cualquier circuito instintivo cerrado como en el reino animal. Aquello que apasiona o conmueve a cada ser humano es radicalmente único.
Mientras que en el animal el instinto sirve de guía para satisfacer sus necesidades, en el ser humano nada determina de antemano qué llegará a tener un valor especial para cada uno: alguien puede sentir una fascinación inagotable por observar las estrellas y otro por restaurar muebles, hacer deporte, cultivar un huerto o seguir a un equipo de fútbol. Allí donde una persona puede verse cautivada por una determinada voz, una forma de mirar o un gesto casi imperceptible del otro, otra persona puede permanecer completamente indiferente ante ello. En el ser humano, la sexualidad no queda regulada por un ciclo biológico que organice el apareamiento y determine cuándo, cómo y hacia quién dirigir la atracción. Para que el encuentro sexual sea posible, algo del otro tiene que adquirir un valor erótico, y cada uno deberá arreglárselas con aquello que despierta su deseo.
No todo vacío necesita ser llenado.
Cuando algo deja de funcionar
En determinados momentos de la vida algo empieza a hacerse insoportable, un tropiezo se repite una y otra vez, una relación de la que no podemos separarnos nos consume o aquello que aparentemente debería hacernos felices deja un extraño sentimiento de insatisfacción. El malestar puede ser entonces la señal de que la manera en que veníamos sosteniendo nuestra vida ya no funciona del mismo modo.
No hay en lo humano una fórmula sobre cómo vivir que sirva para todos, cada uno tiene que encontrar la suya. Y ante esa ausencia de universales y de garantías, el empuje del deseo puede funcionar como una brújula.
Nos alejamos de él cuando intentamos responder a lo que suponemos que los demás esperan de nosotros. Los ideales familiares, las exigencias sociales, la necesidad de reconocimiento o ciertos lugares que aprendimos a ocupar pueden terminar imponiéndose hasta hacernos perder de vista qué queremos realmente para nuestra vida.
El trabajo terapéutico permite interrogar la lógica que sostiene el padecimiento, aflojar algunas de las determinaciones que han organizado nuestra vida y abrir un margen para que algo del deseo pueda ponerse nuevamente en juego.
Comprender el malestar