MI CLÍNICA
La clínica de adultos
La vida adulta está atravesada por pérdidas, conflictos y encrucijadas que no siempre resultan fáciles de transitar. Vivir supone también encontrarse con aquello que falta, con lo que no puede controlarse y con preguntas para las que no siempre existe una respuesta.
El hombre y la mujer adultos se ven confrontados tanto con las dificultades de la realidad exterior como con los conflictos de su propio mundo interno. En ese devenir cotidiano se entrelazan tensiones psíquicas que surgen sin una razón aparente, desencuentros inevitables en las relaciones personales, propósitos que se frustran, decisiones que cuesta tomar, pérdidas que dejan un vacío y cambios que trastocan aquello que se daba por seguro.
Los ideales que hacen sufrir
Además, vivimos en una época marcada por ideales sociales que exigen el disfrute absoluto, la perfección estética y una vida sin fisuras, muy alejados de la verdadera experiencia humana, hecha también de frustraciones, desencuentros y renuncias. Perseguir esa promesa imposible de plenitud puede acabar convirtiéndose en una gran fuente de sufrimiento.
La distancia entre lo que uno es y aquello que siente que debería llegar a ser puede convertirse en un motivo de profundo malestar. También la búsqueda constante de reconocimiento, la dificultad para tolerar la incertidumbre, los conflictos a la hora de establecer límites, la exigencia de rendimiento o la comparación permanente con los demás, entre otros.
«Perseguir esa promesa imposible de plenitud puede acabar convirtiéndose en una gran fuente de sufrimiento.»
Lo que nos constituye
Las marcas que van dejando los otros en nuestra psique desde edades muy tempranas y las huellas de las experiencias vividas van conformando la subjetividad de cada individuo, es decir, su manera de estar en el mundo, de darle sentido y de responder a las vicisitudes de la existencia. Pero esa construcción nunca logra abarcarlo todo: una parte de la experiencia humana escapa al lenguaje y no alcanza a integrarse del todo en el relato que construimos sobre nosotros mismos, operando silenciosamente y produciendo sus efectos.
Separarse de ciertos mandatos implacables, de etiquetas que terminan por encasillarnos y de expectativas ajenas que hemos hecho propias, para reencontrarse con el deseo extraviado, son algunos de los movimientos que propicia el recorrido terapéutico.