Comprender el malestar
El síntoma
El síntoma se desliza por el borde incierto entre el adentro y el afuera.
Parece ajeno, pero en realidad revela algo íntimo que busca hacerse oír. Algo tan propio y, al mismo tiempo, tan extraño para el sujeto, que escapa a su comprensión.
Una forma de arreglárselas
El síntoma es esa manera singular y paradójica de sostenerse frente a aquello que afecta a la persona en lo más profundo: aquello que no puede ser asumido y retorna bajo otra forma.
Frente a la angustia
Es la forma singular que el sujeto ha encontrado de arreglárselas con la angustia. Porque la angustia es ambigua, escurridiza, difusa, como un monstruo sin rostro. Irrumpe allí donde faltan las palabras para nombrar y comprender lo que ocurre.
Cuando faltan las palabras
Todos los seres humanos vivimos atravesados por conflictos, muchos de ellos inconscientes, frente a los cuales pueden constituirse síntomas. Pero no todos los síntomas perturban la vida del mismo modo.
Cuando algo no puede ponerse en palabras, el sujeto encuentra en el síntoma un modo de contener aquello que lo desborda y darle una forma más concreta. Es una solución particular, aunque pueda resultar demasiado costosa, pues, cuando eso que resulta insoportable no logra encontrar una salida en el síntoma, irrumpe por otras vías, ya sea a través del cuerpo o del pasaje al acto.
El síntoma insiste
El síntoma molesta, pero también cumple una función en la economía psíquica. Por ello, por más que la persona intente librarse de él, la voluntad no basta para dominarlo. Al contrario, por más empeño que uno ponga, el síntoma insiste y se repite, a veces bajo formas distintas.
Algo que se resiste a ceder
A pesar de su aparente inutilidad, el síntoma señala que algo sucede, aunque no sepamos exactamente qué. Algo que responde a otra lógica, que discurre por otras vías y que no se pliega a la voluntad consciente del sujeto. Algo que se resiste a ceder y que, poco a poco, va colonizando distintos ámbitos de la vida: se cuela en las relaciones, las actividades cotidianas, el trabajo o el estado de ánimo, instalándose una dinámica que perpetúa el sufrimiento y de la que resulta muy difícil salir.
Un mensaje de socorro
El síntoma habla sin decir nada. Es una suerte de mensaje de socorro que el propio sujeto no alcanza a descifrar. A veces susurra y otras grita, reclamando un lugar para ser escuchado.
Parece ajeno, pero en realidad revela algo íntimo que busca hacerse oír.
¿Qué sucede en un tratamiento, cuando se crean las condiciones para que el síntoma adquiera un nuevo estatuto?
Sucede que algo empieza a cambiar en cada repetición.
El bucle deja de ser mero estancamiento y, allí donde todo se repetía de manera idéntica, se produce una variación sutil, casi imperceptible, que señala que algo se está moviendo.
Pequeñas fisuras
Cuando se pone en marcha el tratamiento, aquello que sostiene el síntoma comienza a verse trastocado por el trabajo analítico y, a medida que se avanza en la cura, se producen cambios más profundos que dan lugar a una modificación de la posición subjetiva del paciente.
Estas diferencias no se manifiestan desde el inicio como grandes evidencias, sino como pequeñas fisuras por las que empieza a asomarse algo distinto.
Una brecha cada vez mayor
Antes del tratamiento, la repetición está al servicio de lo mortífero y retorna siempre igual, sin grieta: a pesar de los estragos que produce, el sujeto permanece sometido a su lógica, sin apenas margen para hacer otra cosa. Cuando el tratamiento se pone en marcha, comienza a introducirse una diferencia en esa repetición, a abrirse una brecha cada vez mayor que hace posible construir algo nuevo junto al analista.
Un lugar más habitable
A medida que avanza el proceso, el paciente se siente menos encadenado a aquello que hasta entonces gobernaba su vida y puede encontrar, en el espacio que el síntoma va dejando libre, nuevas maneras de anclarse a la vida y hacer de ella un lugar más habitable.
Hacer de la vida un lugar más habitable.
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